miércoles 20 de mayo de 2009
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viernes 17 de abril de 2009
Panadería sangrienta
Odio mortal contra el que se te ha adelantado a coger el periódico. Según entrabas has visto el periódico sobre la barra. Tras dudar un momento has ido a por él, del otro lado un señor, que ha aprovechado tus instantes de duda, se ha acercado y lo ha cogido. Pasa las páginas con parsimonia supina. Llega a la última página y retrocede para ver el tiempo, los deportes y la programación televisiva. Lo miras de reojo, le buscas detalles para odiarlo con más fuerza. Bebes a sorbitos el café caliente, el tiempo pasa tan lento como el ritmo de pasar las hojas del señor, no pasan las hojas ni el tiempo te dices. Luego una señora se sienta a su lado, habla con la dependienta, debe ser clienta habitual. Se va el señor y coge el periódico la señora. Apuras el café y decides matar a los dos. El señor lector ya se acercaba a la puerta de salida, tú vas por detrás y pillas una botella que te sale al encuentro, el asqueroso agarra la puerta para abrirla y le das un botellazo en la cabezota, la botella se rompe y el imbécil cae al suelo. La botella la tienes por la boca y en el suelo lo acuchillas con los bordes filudos que le quedan a la botella, te aseguras de hacer tajos largos y profundos por el cuello, las muñecas y el corazón. La sangre ardiente y humeante te calienta las manos. La panadera y la clienta no hacen más que chillar, ves que la panadera torpemente marca números en su móvil, no te preocupas de ella y vas a por la clienta que está agazapada bajo una mesa y acabas con ella. Dejas los restos de la botella y te vas sin llevarte el periódico, ya no lo quieres.
sábado 11 de abril de 2009
Muerte de un prisionero
Te llevan como prisionero montaña arriba, amordazado y maniatado, acompañado por un enorme perro negro, lanudo y silencioso. A las primeras de cambio trastabillas en unas ramas caídas y te haces un enorme tajo en la mano izquierda. A borbotones brota tu fuente de sangre.
- Te voy a atar más fuerte para que no te desangres -. Te dice el captor.
El perro te mordisquea los tobillos azuzándote y guiándote como a una sumisa oveja. Ya avanzas a cuatro patas, el captor te ha anudado un collar, te lleva como a un cerdo en la feria de Santo Tomas. Atraviesas un robledal, la alfombra policromática de hojarasca otoñal te marea, las hojas te parecen aumentar y disminuir de tamaño continuamente, los colores varían a tus ojos, únicamente el cras-cras de los pasos te devuelve cierta tranquilidad, entrar en una rutina sonora de los pasos te entretiene y mantiene en movimiento, piensas que si te paras el loco que te lleva no dudará en despellejarte.
Él se mantiene encapuchado, ya te arreó suficiente al principio, cada vez que dejabas de caminar te arreaba sin parar y nadie acudía a socorrerte, no paró hasta convencerte de que si no seguías caminando te golpearía hasta matarte, que querrá semejante tipo, te preguntabas, ya no te preguntas nada, es peor si lo haces, comienzan las pesadillas, el dolor anterior a los golpes, mejor avanzar y agachar la cabeza, lo que tenga que ser será.
El día se va y la oscuridad crece, no hay más que hacer que subir para arriba, las opciones de elección disminuyen a cada paso. Silba el viento como sirena de tren, crujir de ramas racheado, rachas de crujimientos avanzan a través de las copas de árboles entrelazadas. Eres guiado hacia un precipicio por el que pensabas que no había camino pero en tu avance obligado entre las peñas descubres unos escalones esculpidos en piedra caliza. Tu captor te informa que este es el antiguo camino de los contrabandistas, de cuando la región estaba dividida por aranceles para la parte de costa y de sierra. Pasar productos de una a otra zona suponía pagar un impuesto, y lógicamente se buscaron los caminos más intrincados para unir ambas zonas y eludir los impuestos.
Te extrañas de tal explicación.
Superas un collado a través de la escalinata caliza, entras en una hondonada y ves manchas de nieve entre la nueva hojarasca de haya, de color marrón más uniforme, fantasmagóricos jirones de niebla entre los árboles, musgo de verde radiante. Las estrellas brillan sobre la nieve como diamantes en el cuerpo de un gran oso polar.
Junto al nacimiento de un pequeño riachuelo, una salamandra asoma y te guiña un ojo. Desaparece, todo te parece un sueño, sientes desprenderte del cuerpo y un tropezón con coscorrón en el cabezón te devuelve a tu cuerpo.
Aparece una jauría de personajes inflados con ropa de abrigo que caminan tras gorros y barbas. Los txaboleros caníbales esperaban impacientes y furiosos. Estos seres te cortan la soga que te anuda tras darte una patada en la espalda, dos te agarran de tus muñecas y otro dos de tus tobillos. Te llevan entre insultos. Te dejan en el suelo, te dicen que hoy no te comerán ellos sino los buitres que son sus amigos, se ríen a lo Mikel. Uno coge una enorme piedra y te la revienta en la cabeza. Mueres en el acto. Te abren en canal desde el cuello hasta la tripa, rajan tus piernas y brazos y se van. Al día siguiente te comen los buitres. Te jodes.
- Te voy a atar más fuerte para que no te desangres -. Te dice el captor.
El perro te mordisquea los tobillos azuzándote y guiándote como a una sumisa oveja. Ya avanzas a cuatro patas, el captor te ha anudado un collar, te lleva como a un cerdo en la feria de Santo Tomas. Atraviesas un robledal, la alfombra policromática de hojarasca otoñal te marea, las hojas te parecen aumentar y disminuir de tamaño continuamente, los colores varían a tus ojos, únicamente el cras-cras de los pasos te devuelve cierta tranquilidad, entrar en una rutina sonora de los pasos te entretiene y mantiene en movimiento, piensas que si te paras el loco que te lleva no dudará en despellejarte.
Él se mantiene encapuchado, ya te arreó suficiente al principio, cada vez que dejabas de caminar te arreaba sin parar y nadie acudía a socorrerte, no paró hasta convencerte de que si no seguías caminando te golpearía hasta matarte, que querrá semejante tipo, te preguntabas, ya no te preguntas nada, es peor si lo haces, comienzan las pesadillas, el dolor anterior a los golpes, mejor avanzar y agachar la cabeza, lo que tenga que ser será.
El día se va y la oscuridad crece, no hay más que hacer que subir para arriba, las opciones de elección disminuyen a cada paso. Silba el viento como sirena de tren, crujir de ramas racheado, rachas de crujimientos avanzan a través de las copas de árboles entrelazadas. Eres guiado hacia un precipicio por el que pensabas que no había camino pero en tu avance obligado entre las peñas descubres unos escalones esculpidos en piedra caliza. Tu captor te informa que este es el antiguo camino de los contrabandistas, de cuando la región estaba dividida por aranceles para la parte de costa y de sierra. Pasar productos de una a otra zona suponía pagar un impuesto, y lógicamente se buscaron los caminos más intrincados para unir ambas zonas y eludir los impuestos.
Te extrañas de tal explicación.
Superas un collado a través de la escalinata caliza, entras en una hondonada y ves manchas de nieve entre la nueva hojarasca de haya, de color marrón más uniforme, fantasmagóricos jirones de niebla entre los árboles, musgo de verde radiante. Las estrellas brillan sobre la nieve como diamantes en el cuerpo de un gran oso polar.
Junto al nacimiento de un pequeño riachuelo, una salamandra asoma y te guiña un ojo. Desaparece, todo te parece un sueño, sientes desprenderte del cuerpo y un tropezón con coscorrón en el cabezón te devuelve a tu cuerpo.
Aparece una jauría de personajes inflados con ropa de abrigo que caminan tras gorros y barbas. Los txaboleros caníbales esperaban impacientes y furiosos. Estos seres te cortan la soga que te anuda tras darte una patada en la espalda, dos te agarran de tus muñecas y otro dos de tus tobillos. Te llevan entre insultos. Te dejan en el suelo, te dicen que hoy no te comerán ellos sino los buitres que son sus amigos, se ríen a lo Mikel. Uno coge una enorme piedra y te la revienta en la cabeza. Mueres en el acto. Te abren en canal desde el cuello hasta la tripa, rajan tus piernas y brazos y se van. Al día siguiente te comen los buitres. Te jodes.
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viernes 6 de marzo de 2009
martes 3 de febrero de 2009
2 de marzo de 2009
En el apartado de sucesos de los periódicos locales y nacionales,
Pelea a navajazos por unos trozos de pan duro
Pelea a navajazos por unos trozos de pan duro
miércoles 28 de enero de 2009
lunes 5 de enero de 2009
jueves 18 de diciembre de 2008
miércoles 10 de diciembre de 2008
viernes 28 de noviembre de 2008
Fugitivos del cemento
El jueves a la mañana, gris y lluvioso, el tornero en paro y el marino mercante, que se encuentra en días libres, caminan por el estrecho y largo paseo que se aleja de una pequeña ciudad costera. Al fin del paseo cementado una valla verde de casi tres metros de altura cierra el paso. A la izquierda el mar embravecido que escupe interrumpidamente olas contra el paseo, a la derecha una empinada ladera. Al frente acantilados, que se desmoronan al ritmo que marcan las esporádicas lluvias torrenciales, custodiados por gaviotas, y ejércitos de gladiadores terrestres con forma de cangrejos. Acorazados y con un fuerte brazo destructivo que poco pueden hacer ante la caída en picado de las gaviotas, más que bailar sobre seis patas y hacer burbujas para pasar el rato.
El tornero y el marino saltan la valla como prófugos de la urbe, no miran atrás, al otro lado les espera el otoño en su esplendor. Atrás dejan el ritmo de la urbe y ahora se adentran en el ritmo de la montaña. El graznido de las gaviotas y el runrún del mar inundan sus oídos, la boca y nariz pronto quedan saturadas de los sabores marinos.
Recientes deslizamientos de tierra dificultan los primeros pasos, el sendero, utilizado antaño por veraniegos nudistas, prácticamente se ha venido abajo. Saltan una profunda grieta entre los pliegues rocosos y se ven obligados a ascender por un estrecho paso de barro junto a una caída de la altura de varios pisos, los restos ferrosos de antiguos raíles dan la firmeza necesaria a sus pasos para superar el tramo.
Por lo alto, el camino se pone demasiado abrupto y el sendero, que recupera seguridad, desciende otra vez hasta acercarse a las rocas y continúa por encima de estas. Deciden bajar a las rocas, les parece más bonito avanzar por el laberinto de cubos y poliedros como equilibristas. Las olas rompen cerca y las piedras están resbaladizas. Cientos de cangrejos corretean y escapan ante su presencia, muchos se lanzan a mitad de altura de la roca para acelerar su huida, sus caparazones amortiguan la caída. El marinero se entretiene observando los restos macabros de un bicho destripado, victima de gaviotas o cangrejos.
Cada uno avanza por el laberinto sin ver al otro, bordeando una enorme roca el tornero se ve obligado a treparla velozmente porque Neptuno envía una osada ola que llega más lejos que las demás y a punto está de arrastrarle al fondo marino. El tornero avanza sin hacer caso de cantos de sirena y le toca agacharse para pasar bajo una enorme roca que hace equilibrio centenario o milenario sobre compañeras suyas. Ve al marino más arriba, avanzando por el sendero “oficial”, deja atrás el laberinto de rocas y paraíso de cangrejos escurridizos y se une a él.
El tornero y el marino saltan la valla como prófugos de la urbe, no miran atrás, al otro lado les espera el otoño en su esplendor. Atrás dejan el ritmo de la urbe y ahora se adentran en el ritmo de la montaña. El graznido de las gaviotas y el runrún del mar inundan sus oídos, la boca y nariz pronto quedan saturadas de los sabores marinos.
Recientes deslizamientos de tierra dificultan los primeros pasos, el sendero, utilizado antaño por veraniegos nudistas, prácticamente se ha venido abajo. Saltan una profunda grieta entre los pliegues rocosos y se ven obligados a ascender por un estrecho paso de barro junto a una caída de la altura de varios pisos, los restos ferrosos de antiguos raíles dan la firmeza necesaria a sus pasos para superar el tramo.
Por lo alto, el camino se pone demasiado abrupto y el sendero, que recupera seguridad, desciende otra vez hasta acercarse a las rocas y continúa por encima de estas. Deciden bajar a las rocas, les parece más bonito avanzar por el laberinto de cubos y poliedros como equilibristas. Las olas rompen cerca y las piedras están resbaladizas. Cientos de cangrejos corretean y escapan ante su presencia, muchos se lanzan a mitad de altura de la roca para acelerar su huida, sus caparazones amortiguan la caída. El marinero se entretiene observando los restos macabros de un bicho destripado, victima de gaviotas o cangrejos.
Cada uno avanza por el laberinto sin ver al otro, bordeando una enorme roca el tornero se ve obligado a treparla velozmente porque Neptuno envía una osada ola que llega más lejos que las demás y a punto está de arrastrarle al fondo marino. El tornero avanza sin hacer caso de cantos de sirena y le toca agacharse para pasar bajo una enorme roca que hace equilibrio centenario o milenario sobre compañeras suyas. Ve al marino más arriba, avanzando por el sendero “oficial”, deja atrás el laberinto de rocas y paraíso de cangrejos escurridizos y se une a él.
Comen chocolate y avanzan hasta llegar al punto de tierra más avanzado frente al mar, de aquí, el monte retrocede ante las embestida marinas, ahora tienen el mar a la izquierda y de frente. A la derecha enormes placas de piedra se yerguen verticales infranqueables para nuestros dos amigos. Junto al inicio de estas placas una fuerte subida herbosa y de barro que acometen sin pensárselo mucho. El avance es precario, las botas resbalan en tal cantidad de barro que se hace necesario agarrar a puñados los húmedos hierbajos al costado del camino. La subida pronto les introduce en un embudo rocoso, un corredor. Avanzan por su izquierda pegados a la pared, pero hete aquí que las zarzas sobre las que pensaban pasar, salvo sus raíces ofrecen un falso suelo, son simples rizos que esconden caída directa a la resbaladiza ladera que ascienden. La pared junto a la que avanzan esconde un pequeño y bajo paso por el que tienen que arrastrase como gusanos. Las mochilas son sacadas de sus espaldas y arrastradas por el suelo junto a ellos, reptan, se estiran y encogen como acordeones. Apenas son tres metros tras los cuales se levantan y alcanzan pasos más fáciles que les conducen a unos antiguos bunkers.
La excursión prosigue más tranquila dando lugar a una animada conversación hasta llegar a la bocana de un bucólico puerto. Retrasan su llegada a la zona urbana con unos improvisados bocadillos de embutido y se despiden hasta una nueva fuga.
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